Se registra cuándo comienza, cuánto dura, desencadenantes, sensaciones corporales, pensamientos, conducta y tiempo de recuperación. Irritabilidad episódica con menor necesidad de sueño, aceleración y aumento de actividad orienta a bipolaridad; una irritabilidad diaria con anhedonia puede expresar depresión. Sobrecarga sensorial, frustración ejecutiva, dolor o abstinencia producen patrones distintos. Información de personas cercanas puede ayudar con consentimiento, pero se preserva la experiencia de la persona y se buscan cambios respecto de su funcionamiento habitual.
Se pregunta por gritos, conducción agresiva, golpes a objetos, violencia, armas, consumo, autolesiones e ideas suicidas. Tener irritabilidad no equivale a ser violento, pero antecedentes, escalamiento y pérdida de control modifican el plan. Si existe peligro inmediato, intoxicación, psicosis o incapacidad de autocuidado se requiere evaluación urgente. Un plan temprano incluye retirarse de la situación, reducir acceso a medios, contactar apoyo y reconocer señales corporales antes del punto de explosión, sin responsabilizar a posibles víctimas de contener la crisis.
Cambios recientes obligan a revisar estimulantes, antidepresivos, corticoides, hormonas, alcohol, cannabis y otras sustancias, además de apnea, dolor, tiroides o condiciones neurológicas según clínica. Suspender fármacos o alcohol de manera brusca puede ser peligroso. Se documentan horarios y calidad del sueño porque la privación reduce control y puede ser síntoma de un episodio mayor. Fiebre, confusión, convulsiones, focalidad o cambio abrupto de personalidad justifican evaluación médica presencial en vez de atribuirlo a estrés.
La intervención se dirige a la causa y puede incluir estabilización del ánimo, tratamiento de depresión o ansiedad, apoyo para TDAH o autismo, reducción de consumo, terapia de regulación y cambios del entorno. Las habilidades se practican fuera de la crisis: pausa, comunicación de necesidades, resolución de problemas y reparación posterior. Los medicamentos no se eligen solo para sedar y requieren metas y vigilancia de efectos. El seguimiento mide frecuencia, intensidad, daño, recuperación, función y relaciones. Si el patrón no responde, se revisa la formulación en lugar de escalar indefinidamente una sola estrategia.
Una evaluación de Irritabilidad no se cierra con una lista de síntomas. Se integra inicio, curso, línea basal, gravedad, funcionamiento, contexto, salud física, sueño, consumo, medicamentos, comorbilidades, apoyos y preferencias. Cada conclusión se expresa con su grado de certeza y con las alternativas que todavía deben observarse o descartarse. El plan define un problema prioritario, una intervención proporcionada, un resultado observable, un plazo de revisión y criterios para mantener, ajustar o detener. También especifica qué puede manejarse en control programado y qué cambio requiere consulta anticipada, evaluación presencial o urgencia. En el seguimiento se comparan beneficio y carga: síntomas, participación, calidad de vida, seguridad, adherencia y efectos adversos. Si la evolución contradice la hipótesis inicial, se reabre el diagnóstico en vez de responsabilizar a la persona o acumular tratamientos. Esta forma de decidir permite profundidad sin falsa certeza y convierte la información clínica en acciones compartidas, medibles y adaptables.